Acompañar, no reprimir: el mundo emocional de la infancia

Acompañar, no reprimir: el mundo emocional de la infancia

No reprimamos las emociones en los niños

Frases como “no es para tanto”, “no llores”, “no tienes por qué enojarte” o “no tengas miedo” muchas veces las decimos casi sin pensar. Como adultos, solemos intentar calmar rápido a los niños cuando expresan emociones intensas, pero sin darnos cuenta podemos terminar invalidando lo que sienten.

Y aunque lo hagamos con cariño o con la intención de ayudarlos, cuando un niño siente que sus emociones molestan, exageran o están “mal”, poco a poco aprende a guardárselas.

A veces pensamos que contener emociones es enseñar fortaleza, pero en realidad los niños necesitan aprender algo mucho más importante: reconocer lo que sienten y saber qué hacer con eso.

Cuando un niño no se siente escuchado emocionalmente, pueden aparecer distintas señales. Algunos se retraen y dejan de expresar lo que les pasa. Otros comienzan a manifestarlo en el cuerpo, con dolores de estómago, dolores de cabeza o dificultades para dormir. También puede aparecer ansiedad, inseguridad o reacciones muy intensas frente a situaciones pequeñas.

Y esto no significa que debamos permitir cualquier conducta. Validar una emoción no es lo mismo que justificar todo lo que hacen. Un niño puede sentirse muy enojado, pero igualmente necesita aprender que no puede golpear. Puede sentirse frustrado, pero también necesita aprender a tolerar ciertas situaciones.

Por eso, más que reprimir emociones, lo importante es acompañarlos a regularlas.

¿Y cómo podemos ayudarlos?

Muchas veces empieza por nosotros mismos. Los niños aprenden muchísimo mirando cómo reaccionamos los adultos. Cuando les mostramos que también sentimos pena, frustración o enojo, pero que podemos expresarlo de forma adecuada, les estamos enseñando más de lo que creemos.

También ayuda mucho acompañar con calma esos momentos difíciles. Las pataletas, el llanto o el enojo intenso suelen desesperarnos, pero cuando un niño está desbordado emocionalmente no necesita más enojo al frente, necesita un adulto que pueda contener sin perder el control.

A veces basta con algo tan simple como decir:
“Entiendo que estés triste”
“Sé que esto te dio rabia”
“Te acompaño, después lo conversamos”

Escuchar sin minimizar lo que sienten hace una gran diferencia. Aunque para nosotros el problema parezca pequeño, para ellos puede ser enorme. Y cuando sienten que pueden hablar sin ser juzgados, es mucho más fácil que aprendan poco a poco a manejar lo que les pasa.

También podemos ayudarlos a ponerle nombre a sus emociones. Muchos niños no saben si lo que sienten es rabia, pena, miedo o frustración. Y cuando logran identificarlo, les resulta más fácil expresarlo y regularlo.

Los cuentos, juegos y películas también son una herramienta muy valiosa para conversar sobre emociones. Hablar sobre lo que siente un personaje muchas veces les permite hablar también de ellos mismos, pero desde un lugar más seguro.

Las emociones forman parte de la vida. No tenemos que evitar que nuestros hijos se enojen, lloren o tengan miedo. Lo que necesitan es aprender que todas las emociones se pueden sentir, expresar y acompañar.

Y probablemente una de las cosas más importantes que podemos enseñarles es que sentirse mal a veces también está bien.

En Ludoniño creemos que hablar de emociones también se puede aprender jugando. Por eso tenemos juegos pensados para ayudar a niños y niñas a reconocer, nombrar y expresar lo que sienten de una forma más natural, cercana y entretenida.

Porque cuando el juego abre una conversación, muchas veces los niños logran decir cosas que de otra manera les cuesta expresar.

Regresar al blog